En Octubre de 2019 realicé una adquisición poco común en mí: decidí comprar el último modelo de iPhone -el 11 Pro Max- con la intención de usarlo como cámara fotográfica. Esta es mi experiencia.
Aunque llevo años practicando la fotografía móvil, siempre la traté como algo inmediato y accesorio, muy al estilo de la fotografía lomográfica. Tenía claro que, aunque los teléfonos podían dar buenos resultados en condiciones de luz óptimas, no eran sustitutos para las cámaras dedicadas a las que estaba acostumbrado y que costaban generalmente menos que el teléfono en sí. Esto empezó a cambiar cuando “heredé” temporalmente un iPhone X que sustituyó a mi modelo 7. Por supuesto me había mantenido al tanto de los avances tecnológicos pero no había tenido ocasión de hacer fotografía con un modelo de gama alta por lo que el iPhone X supuso un impacto en mi percepción de la fotografía móvil.
 
Fue entonces cuando una idea se empezó a formar en mi cabeza: si el iPhone X me había parecido un salto de calidad con respecto a lo que estaba acostumbrado, ¿valdría la pena invertir en el nuevo modelo 11 con sus avances en fotografía nocturna? Tardé unas semanas en decidirme pero, después de ver muchas fotos tomadas con él, pensé que el riesgo valía la pena.
No me voy a detener en las características del teléfono porque, sinceramente, faltan dos meses para que salga sus sustituto. Solamente quiero recordar que el modelo que adquirí tiene tres cámaras con distancias focales equivalentes a 13, 26 y 52 mm. De ellas, sin duda, la que más calidad ofrece es la de 26 mm aunque he conseguido buenos resultados con las tres, llegando a imprimir sin problemas copias a tamaño A3+ -casi 50 cm en su lado mayor.

Pero, ¿de verdad pueden unos sensores y lentes de ese tamaño dar un rendimiento que satisfaga al aficionado exigente? No hay milagros en el mundo de la óptica, así que por supuesto la clave reside en la fotografía computacional, todos esos procesos que el teléfono realiza para extraer el máximo partido de la imagen. Esto me quedó claro cuando tomé fotos en RAW y las comparé con las versiones procesadas que ofrece el teléfono;. Digan lo que digan, las imágenes RAW de los móviles son inservibles en cuanto las condiciones de luz son complejas; las áreas quemadas o subexpuestas son comunes en el RAW, algo que el HDR inteligente del procesado evita en la mayoría de las ocasiones. Al contrario que en cámaras convencionales, no disparéis en RAW con un móvil, estáis renunciado a lo mejor que os puede ofrecer.
Mis primeras experiencias con el iPhone 11 fueron muy positivas, las imágenes no ofrecían ese aspecto artificial que el HDR generaba en anteriores modelos. Pero lo que me interesaba de verdad era usar el famoso Modo Noche; con los anteriores modelos de iPhone sabía que podía olvidarme de hacer fotos en cuanto oscureciese así que tenía curiosidad por probar esta función. Los resultados iniciales fueron muy positivos: las imágenes eran nítidas con el 26 mm sin luces quemadas ni zonas empastadas. Es cierto que los resultados con la lente de 52 mm dejan en ocasiones algo que desear porque al parecer en estos casos el teléfono usa la lente de 26 mm con un zoom digital -como inciso debo mencionar que el zoom digital en condiciones optimas de luz me ha dado sorpresas muy gratas. Además las fotografías son mucho más interesantes cuando hay fuentes de luz como farolas o ventanas iluminadas; en aquellas escenas que están simplemente en la oscuridad, el resultado es parecido al de una imagen con un ISO muy alto y, en mi opinión, carecen de interés. El Modo Noche me gustó tanto que, cuando voy a hacer fotos nocturnas, ya sólo uso el iPhone. De hecho empecé un proyecto de fotografía urbana nocturna que incluso me llevó a viajar a Amsterdam para el Festival de las Luces.​​​​​​​
Y hablando de viajes, la prueba definitiva llegó cuando, por primera vez en más de una década, decidí viajar sin una cámara dedicada. Desde que adquirí el iPhone 11 he volado a la mencionada Amsterdam, Granada, Tenerife, Oslo y Madrid llevando tan solo mi teléfono. En ninguno de esos lugares he echado de menos mis cámaras y de hecho he podido tomar algunas fotos -como las nocturnas o largas exposiciones- que habrían requerido ir cargando con un trípode.
¿He dicho larga exposición? Una de las grandes ventajas de los móviles es, por supuesto, el amplísimo catálogo de software que permite realizar todo tipo de tareas -mi app por defecto es Halide. Para largas exposiciones yo uso la aplicación Spectre que, junto al estabilizador del iPhone, realiza un buen trabajo simulando el uso de un filtro de densidad neutra. Y, una vez más, sin necesidad de trípode.
¿Es que no hay nada que no me guste del iPhone como cámara fotográfica? Por supuesto que sí. Por ejemplo no es nada ágil para hacer fotografía de calle porque el tiempo de activación de la cámara si lo llevas apagado es muchísimo mayor que el de cualquier cámara dedicada; la solución es llevar siempre el módulo de cámara activo con el consiguiente consumo de batería. Tampoco me gusta el aspecto de las zonas con follaje en fotografías de naturaleza; acostumbrado al detalle de mis cámaras dedicadas, veo la falta de detalle que, sin embargo, no echo de menos cuando hago cualquier otro tipo de fotografía. No tengo muy claro por qué la cámara y el sensor resuelven mucho peor las hojas de los árboles que, por ejemplo, las ventanas de un edificio pero es un hecho.
 
Con respecto a los retratos, tengo sentimientos encontrados. El detalle y la nitidez son fenomenales y el desenfoque está muy conseguido. -De hecho es posible a veces usar el efecto de desenfoque en escenas que no son retratos como la tercera y cuarta fotos de la siguiente cuadrícula. Por otro lado hay veces en que la inteligencia artificial falla al identificar la zona a desenfocar. Supongo que esto mejorará en modelos posteriores, tengo ganas de ver qué resultado da el LIDAR en el próximo modelo de iPhone.
Supongo que tras estos nueve meses la pregunta es, ¿vale la pena tener un iPhone 11 como cámara principal? Yo no pienso renunciar a mis cámaras porque, simplemente, me gustan. Pero en honor a la verdad, cada vez hay menos razones para que un aficionado casual e incluso uno entusiasta -salvo que se dedique a disciplinas como fauna o deportes- se compre una cámara dedicada. Estoy ansioso por ver de qué serán capaces los móviles de alta gama dentro de cinco años.
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