Fuenlabrada es una de esas ciudades-dormitorio que acogen al millón largo de habitantes del cinturón sur de Madrid, buena parte de los cuales trabajan en la capital. También ha sido mi ciudad por un periodo de tiempo que probablemente me parece más largo de lo que en realidad ha sido; apenas he vivido siete años no consecutivos en ella. Fuenlabrada, digámoslo, no es una ciudad interesante. Le falta el pasado histórico de ciudades madrileñas como Alcalá de Henares o Móstoles, o ese afán de convertirse en la capital política y social del sur de Madrid que tuvieron Leganés y Getafe. Sin embargo siempre ha habido algo en Fuenlabrada que me ha fascinado, una cualidad casi inescrutable. Sospecho que es esa capacidad de, tras su realidad de ciudad impersonal nacida en los años setenta, guardar aún restos de la villa manchega que fue durante siglos.
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